miércoles, 24 de octubre de 2012

Anglofilia parte II: conozcan a la revista "UltraBrit"

El otro día escribía sobre los anglófilos, un grupo heterogéneo y no organizado de adoradores de David Bowie, Morrissey e Ian Brown que andan por ahí, escondidos entre la gente normal, sin atuendos característicos que los señalen como tales. Esto los hace difíciles de distinguir del resto de los mortales, sobre  de los sobriamente vestidos, con los que se confunden más fácilmente. De todos modos, más difícil que señalarlos y distinguirlos es definirlos y clasificarlos; esto sucede con cualquier subgrupo interesante, y aun más con uno que no es un grupo realmente sino el delirio analítico-musical de un bloguero caído del catre como quien escribe. 
Para graficar esto voy a usar el caso que más conozco, que es el mío. Tomando la palabra "anglofilia" en un sentido amplio, yo vengo a ser un mega-anglófilo: un buen 40% de mis discos son de artistas del Reino Unido, incluyendo a algunos de mis preferidos de todos los tiempos como Bauhaus, Siouxsie And The Banshees, Cocteau Twins, Cranes o Kate Bush; en literatura, cine o artes plásticas la situación es la misma o mucho peor; leo probablemente más textos en inglés que en castellano, tengo un conocimiento relativamente amplio de la historia de Gran Bretaña, y me apresto a leer por tercera vez (para horror de mi esposa y amigos) el maravilloso Historia Regum Britanniae de Geoffrey of Monmouth, libro íntimamente relacionado con un constante interés por todas lo cercano a la historia del Rey Arturo. Y a pesar de todo esto, no me puedo incluir dentro de esta versión concentrada y más bien específica de la anglofilia a la que hago referencia. 




El problema es que los anglófilos hardcore realmente le prestan más atención a lo que llega desde Gran Bretaña que al resto de los productos culturales. Y la prueba está ya impresa y circulando por la Argentina: existe una nueva publicación editada acá en nuestro país (sí, el país de la Guerra de Malvinas y de la "mano de D10S") llamada UltraBrit. El "brit" del nombre hace referencia, obviamente, a "británico" (o mejor, "british"). La revista está mayormente centrada en el pop y el rock, aunque también tiene una sección de "artes mayores" y una sobre moda, entre otras. Aunque no vi la edición impresa, la revista se ve muy prometedora, actualizan las noticias periódicamente (allí me enteré del nuevo simple de Depeche Mode, por ejemplo) y los textos en general están bastante bien (excepto uno sobre Sex Pistols que no me gustó nada). El hecho de que exista una revista así, y sobre todo de que puedan darse el lujo de tener edición impresa, habla claramente de que puede haber un público dispuesto a acercarse y comprar una buena revista, no ya de música, arte y moda, sino de música, arte y moda británicos (aceptémoslo, yo podría lanzar mi propia revista "UltraRumania" pero ¿quién la compraría?).


Lo cual me lleva de vuelta al punto en cuestión; aunque está claro que el espectro que abarca UltraBrit excede la anglofilia en el sentido al que me refería antes (un anglófilo amante del pop de fina catadura seguramente es fan de The Go-Betweens, aunque sean australianos, por ejemplo), ambos tienen en común el elemento que a mí me parece más incomprensible: ¿por qué habría que prestarle más atención a la producción de un país que de otro? Yo puedo declararme amante del pop de Suecia, por ejemplo, pero no por eso voy a hurgar los charts suecos (o los blogs underground suecos) buscando mi próxima banda preferida. No, simplemente al final del día miro mis discos y mis carpetas de mp3, y observo "mirá vos, hay un montón de suecos, se ve que me gusta la música de Suecia". Punto. Puedo jurar que no presto ninguna atención al origen geográfico de lo que consumo antes de acercarme a él (exceptuando, obviamente, mi propio contexto geográfico personal: mis amigos, mi pueblo, mi ciudad, mi provincia, mi país). No digo que lo otro esté mal, y de hecho cuantas más revistas "UltraBrit", "UltraBrasil", "UltraSenegal" o "UltraFiji" haya, mejor. Simplemente no lo entiendo, del mismo modo que no entiendo que haya gente que afirma "escuchar rock nacional". No lo entiendo, incluso mientras leo por tercera vez el Historia Regum Britanniae.

domingo, 7 de octubre de 2012

Anglofilia parte I: "The Love That Whirls" de Bill Nelson y la Edad de Oro del pop británico


Hay muchos anglófilos en Córdoba. El tipo de anglofilia al que me refiero está fundamentalmente basada en la música pop, pero de uno u otro modo suele expandirse hacia otras áreas, así como se expande geográficamente hacia Escocia, Gales, Irlanda. Yo solía llamarlos "el club de los anglófilos", y los recuerdo bailando The Smiths y Stone Roses en el Ultra Pop (o aún más, en sus comienzos cuando se llamaba Dry Bar). Me incluía (me incluyo) entre ellos sólo un poquito, en gran parte porque mi internacionalismo recalcitrante me lo impide, y en parte porque mi esnobismo me asegura que en cualquier país del mundo (incluso en uno musicalmente tan productivo como Gran Bretaña) el 95 % de la música producida es fea o simplemente olvidable. 

Ahora bien, si hay un ámbito en el cual estoy 100% del lado de los anglófilos es en lo relativo a la new wave británica (bueno, también a las artes visuales y decorativas de fines del siglo XIX). Como no estoy particularmente interesado en el Merseybeat, ni en la psicodelia/garage de los '60, ni en el rock progresivo, ni en Madchester o el brit pop o el UK garage, etc etc etc, es en el postpunk y sobre todo en el pop  y el synthpop de los primeros años '80 donde estoy dispuesto a apoyar sin problemas el axioma que reza "el pop, si inglés, dos veces bueno" (sí, es malísimo y me lo acabo de inventar, pero la idea es esa y estoy seguro de que hay mucha gente ahí afuera que piensa eso, comenzando por mi propia hermana).


Aquí es donde entra en escena el señor Bill Nelson.




Fue hace unos meses, gracias a algunos de los muchachos y muchachas de la magnífica comunidad internacional de fans de Cocteau Twins nucleada alrededor de la página cocteautwinsforums.com (de la cual formo parte hace ya unos 6 años y que recomiendo enormemente). La mayoría de ellos británicos o estadounidenses, y la mayoría con más de 40 añitos, son gente que se ha formado musicalmente en la new wave, y por lo tanto, son más o menos de la misma especie que alguien como yo (aunque yo haya llegado unos 10 años tarde). Digamos que, salvando distancias geográficas y temporales, hablamos aproximadamente el mismo idioma, así que sus recomendaciones siempre son tenidas en cuenta.
En medio de los constantes intercambios con esta verdadera manga de inadaptados, apareció un video del tal Bill Nelson (admito que aún ahora no se nada de él), Flaming Desire de 1982. Todo el mundo se deshizo en alabanzas a este señor como si fuera lo más obvio del mundo, y yo no había ni siquiera oído hablar de él. Ante mi ignorancia, todos me advirtieron que debía escucharlo, y uno de ellos (Steve) me envió el disco en cuestión, The Love That Whirls. Y sí, tenían razón, es una joya. 


Imaginen una versión más tradicional del mejor synthpop de la época, con increíbles cajas de ritmos y sintes dignos de OMD o The Human League, y algunas guitarras y saxos a medio camino entre el postpunk y el lounge arrojados por allí. No hay ni una sola canción que no sea terriblemente disfrutable, que no esté a la altura del mejor pop británico de la época, desde temas bien postpunk-synth-coldwave como Hope For The Heartbeat, hasta el ya mencionado y ultrasexy Flaming Desire, pasando por el bowie-esco The October Man; todo salpicado con pequeñas delicias instrumentales y temas simplemente, eehhh, pop. Y aquí es donde entra mi cuota de anglofilia, porque cuando digo "pop" me refiero al pop en el sentido Gran Bretaña 1982 de la palabra, o sea, un balance perfecto de sonido innovador con melodías atrapantes, de accesibilidad y leve desconcierto, esa unión entre glam, postpunk, funk y música electrónica que inundó las radios del mundo occidental a principios de los 80. Además está este tal Bill Nelson como cantante, que merece un pequeño comentario aparte. El tipo es un genio, partes iguales Bowie y Howard Devoto, condimentado con un poco de las maneras de Billy McKenzie, la mala onda y el desgano de Colin Newman, y la arrogante y estudiada sofisticación de Martin Fry (aunque se notan sus raíces setenteras y definitivamente no-punks, y no sólo en la voz).


El punto que quiero hacer notar acá, aparte de promocionar a mi nuevo amigo BIll, es hacer esta pregunta en voz alta: ¿cómo es posible que la generación new wave británica siga expectorando esta clase de especímenes musicales? Quien escribe está, de alguna u otra manera, buceando en la producción musical británica de esa época que va de 1978 a 1984 desde hace, redondeando, unos 15 años. En 15 años, puedo asegurar que ni una sola vez me topé siquiera con el nombre de este tipo. La pregunta entonces también podría ser: ¿es mi interés personal en ese tiempo y lugar, mi cuotita de anglofilia, la que hace que siga descubriendo música que me parece increíble, excelente, maravillosa, producida justamente por esa generación? ¿O los verdaderos anglófilos tienen razón y Gran Bretaña, a través de sus sucesivas edades y revoluciones en lo concerniente al pop/rock, es un lugar especial, donde el genial Bill Nelson puede ser solamente uno más? ¿O es un poco de ambas cosas? ¿Ah?


... Continuará ...